Supervivir al cáncer supone replantear mi vida, y hacer cambios en todos sus órdenes: personal, familiar, laboral, social, etc. Y un aspecto que debe ser modificado y que no por último es menos importante, es el relativo a la alimentación.

Luego de la enfermedad, resulta imperativo planificar cuidadosamente la alimentación para revigorizar mi cuerpo cansado luego de los invasivos y agresivos tratamientos. Cada alimento que ingiero tiene un propósito, nada es dejado al azar.

Este momento en el que estuve reordenando mis prioridades y conociendo más de mí y de lo que soy, ha sido también propicio para tomar conciencia de la forma en que me alimento, del cuánto, cómo y porqué como.

Alimentarme bien va más allá de ingerir los nutrientes, vitaminas y minerales que mi cuerpo necesita, o evitar la “comida chatarra”; pasa también por reconocer desde qué espacio estoy comiendo y las emociones involucradas en tan rutinaria actividad. Y es que la comida alimenta mi plano físico, pero las emociones asociadas a ella alimentan mi espacio mental y espiritual, afectando mi peso, mi salud y mi bienestar general.

Muchas veces no comemos por hambre, sino como forma de lidiar con nuestras emociones, o incapacidad de identificarlas, aceptarlas y manejarlas apropiadamente. Nuestras emociones y conductas afectan nuestras decisiones nutricionales relacionadas con el momento, la calidad y cantidad de cuanto comemos. Es por ello que en lugar de escoger una nutritiva ensalada, preferimos un gran tarro de helado o una enorme torta de chocolate, lo cual no hace sentirme bien por un momento, pero no resuelve el problema de fondo: el dolor, el miedo o la tristeza.

Alimentarme sana y responsablemente implica entonces identificar de forma honesta el espacio emocional desde el que estoy comiendo: ¿Será desde la culpa, la rabia, la resignación o el resentimiento? ¿Acaso como por miedo o para aliviar mi ansiedad?

Asumir el compromiso de identificar las emociones que dominan mi vida al momento de comer, me permite reconocerlas, “ponerlas en su lugar” y dejar de solaparlas con la comida. Luego de eso puedo ya entonces diseñar un plan nutricional adecuado que me lleven no solo a recuperar y sanar mi cuerpo sino también a alcanzar el equilibrio en todos los aspectos de mi vida.