Hace un par de meses escribí un correo a mis ex doctores en California. Les informaba a todos que Rosa es Rojo había comenzado. Les había compartido este sueño desde que ellos me atendían en mi tratamiento para curar el cáncer de mama. Sabía que les daría mucho gusto saber que ya estábamos “al aire”.

 

La respuesta de mi oncólogo me agarró desprevenida. En su mensaje me decía que estaba “sorprendido” de que hubiera podido llegar tan lejos en esta “lucha”, pese al diagnóstico con el que él me había conocido.

 

Me cayó como bomba. Mi oncólogo siempre fue, y sigue siendo, una persona bastante positiva y sumamente prudente. Lo considero bastante sabio y un ser humano extraordinario. Él jamás quiso que me concentrara en pronósticos y etapas de la enfermedad. Llegó incluso a regañarme, pues tuve una corta etapa dónde yo insistía en saber estadísticas y outcomes, mientras él insistía en que los números no definirían nada. Y vaya que tenía razón.

 

¿Porqué me escribía eso? ¿Había estado tan mal la cosa? Esa fue una pregunta que nunca quise hacer directamente. Nunca.

 

Ya que me tranquilicé y medité en su mensaje, le respondí algo así:

     “Querido Dr. ______,

     Si he llegado tan lejos, como bien dices, es porque no he estado en “lucha” alguna. ¡Y espero no estarlo en un futuro!  

     Tal vez por eso he llegado hasta aquí.”

 

¡Me sentí más agradecida que nunca con la vida! ¡Valoré tremendamente el camino recorrido desde mi diagnóstico hasta ese día!

 

Entiendo que a lo largo de la evolución, y gracias a nuestro perfecto sistema nervioso, el organismo responde a situaciones de riesgo con dos instintos primitivo: la Lucha o el Escape (algunos autores mencionan un tercero: la Parálisis). Sí, entiendo que estos instintos primitivos nos permiten sobrevivir.

 

Pero ya he dicho antes que sobrevivir no es lo mío. Y tampoco es lo que busca Rosa es Rojo.

 

Cuando me dijeron: “tu diagnóstico es cáncer”, mi instinto fue luchar. ¡Claro! Pero días después, poco a poco y por voluntad propia, dejé a un lado esa reacción. Nada sencillo. Intenté y volví a intentar el hacer mi mejor acto de humildad ante esa enfermedad. Pedí a Dios poder aprender lo más posible de la experiencia. Abrir los ojos. Abrir el corazón.

 

¡Hoy estoy segura que no fue el instinto de lucha lo que me sacó adelante del cáncer! Tampoco me paralicé. Y mucho menos escapé. Lo que me sacó adelante fue mi decisión por SuperVivir. Fue el amor a la vida; a mi vida. Fue el amor a los míos; a los “muy” míos. Fue el Amor.

 

El instinto primitivo que algún día me hizo ser por unos momentos una guerrera, imaginarme en la batalla y luchar con gotas de sudor y sangre en la frente, quedó atrapado en la prehistoria….¡He aquí la razón por la cuál no me identifico con adjetivos como guerrera y luchadora! Intuyo que si quiero seguir SuperViviendo más me valdrá hacer la paz y aprender de las experiencias que vengan.